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“Tito”, Demis Roussos y la luz que se apaga antes de tiempo
  Por Mila Gayoso Manzur- Publicado el 28/01/2015 - La Nación

Nunca fui a su taller, pero lo imagino lleno de espumas para rellenar pancitas, ojos de carey, pedazos y pedazos de pañolenci de todos los colores, pelo artificial, carreteles de hilo de ferretería, bocetos, latas, estantes, cariño casi paternal…
Sabía que “Tito” vivía en Fernando de la Mora, camino entre el diario y mi casa. Una vez llegué hasta la esquina de su refugio, cuando acerqué a una de mis hijas al cumpleaños de uno de sus sobrinos de afecto. El artista chileno-paraguayo vivía en una casa-taller cerca de su familia postiza, conformada por varios de sus colaboradores que había adoptado como parte muy importante de su vida.
Sabía de su generosidad más allá de los escenarios, de su talento para confeccionar personajes y para crear historias; y de su entrega para el público pequeño, al que durante casi tres décadas dio lo mejor de su creatividad.
En la televisión, en el teatro, en funciones de barrio, en cursos ofrecidos en diferentes lugares, Héctor “Tito” García desplegó su mejor arma: ofrecer alegría. Nada más noble que brindarse a los otros, desde su lugar y sus posibilidades. “Tito” guardó mucha generosidad en su corazón, hasta los últimos minutos de su vida, cuando arriesgó su integridad física para intentar salvar a sus muñecos, que para él no eran meras marionetas o peluches gigantes de escenografía. Eran parte de su corazón, sus hijos elegidos.
Pensaba en él y su muerte tan triste, inmerecida, y no pude dejar de hacer paralelismo con otros seres crueles que viven en la abundancia y mueren en una cama mullida, hartos de pasarla bien y joderle la vida a los demás.
Pensaba en él esta mañana cuando leía “Contravida” de Augusto Roa Bastos y “vivía” con el protagonista de la novela, el terror de compartir un viaje en tren con Kururu Pire, Sapriza y Helmann (aquellos torturadores de la dictadura). Pensaba en la penosa muerte de “Tito” y en la piadosa muerte de muchos seres malvados que además de no aportar nada a la humanidad, ayudaron a oscurecer el mundo.
Es la eterna interrogante que nos hacemos cuando una persona valiosa, que todavía puede aportar lo mejor de su vida, se va de manera intempestiva mientras que otros seres dañinos siguen su vida aparentemente sin tropiezos.
Es la misma pregunta que me hice al saber que también falleció Demis Roussos. Casualmente, ambos tenían menos de 70 años y todavía podían brindar como mínimo una década de su arte a los demás.
Conocí las canciones del “amante” griego cuando tenía trece años y rasqueteaba con viruta la escalera de madera de la casa donde entonces trabajaba. Desde el primer piso me llegaba la voz, desde el tocadiscos, del entonces apuesto Demis queriendo morir al lado de su amor. Mi patrona, fanática de sus temas, me habló de él y de la canción que escribió para Melina Mercurí, la joven política griega entonces exiliada debido a sus ideas. Y para que la clase sea práctica, ponía el volumen al máximo, lo cual le daba más kyre’y (brío) a mi trabajo de rasqueteada.
Disfruté del trabajo de “Tito” y lo admiré como artista, y aún me gustan mucho las canciones de Roussos. Es una pena que el mundo despida a seres llenos de luz, mientras los oscuros se camuflan entre las luciérnagas y el reflejo de las estrellas.

TITULARES MILIA GAYOSO MANZUR

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