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El pozo de la Virgen - Tupasy Ykua
 


Este relato es verídico y todo cuanto se refiere al lugar, acontecimientos y personas, es el fiel reflejo de lo que efectivamente sucedió para que el “Ycuá Rivas” se convirtiera en el “Pozo de la Virgen”. La imaginación apenas interviene para completar la reminiscencia, a veces un tanto desteñida por el correr del tiempo. Por lo demás, los hechos y los individuos existieron.

El Paraguay se encontraba viviendo una de las páginas más tristes de su historia, con la sangrienta guerra de exterminio que le infligía la Triple Alianza. Caacupé como todo el país, aletargado y triste, trataba de sobreponerse a la terrible hecatombe.

El Mariscal Francisco Solano López, Héroe Supremo del Paraguay, paso por Caacupé después de la Batalla de Piribebuy librada el 12 de agosto de 1869; ordeno la evacuación del pueblo y preocupado por la considerable fortuna de la Virgen –regalos traídos por sus devotos durante añares- dispuso que el diacono encargado del santuario José Del Pilar Giménez la llevara consigo para esconderla de los enemigos. Previamente, López accedió al pedido de la raleada tropa que lo seguía autorizando a soldados, ancianos, mujeres y niños, a beber y mojarse con las aguas del famoso manantial y a proveerse del valioso líquido lo más que pudieran.

La imagen quedo sola despojada de su corona imperial y sus joyas, encerrada en su vacio templo. Posteriormente, el tesoro cayó en manos enemigas durante la Batalla de Acosta Ñu, siendo la corona de oro purísimo adornada con piedras preciosas la de mayor valor.

En tales circunstancias, comenzaba a emerger la gran historia de un pequeño manantial, el Ycuá Rivas –llamado así por una antigua familia del vecindario diezmada por la guerra-, que fluía cristalino y vivaz en un agreste rincón ubicado en la zona norte del pueblo, muy cerquita del antiguo santuario que guarda la venerada y muy preciosa imagen de la milagrosa Virgen de Caacupé; el manadero era muy conocido por su ubicación privilegiada a la vera de un extenso sendero, que cruzaba el poblado en dirección este-oeste, en diagonal; viandantes de todos rumbos pasaban por allí desde tiempo inmemorial.

El manantial siempre existió, sus frescas y cristalinas aguas se deslizaban sinuosas y cantarinas sobre un lecho de toscas de arcilla endurecida y blanquecina arena, hasta desembocar en el torrentoso cauce de un arroyo cuya belleza sin par quizá solo pueda pintar el más genial de los artistas. El manantial estaba bordeado de espeso follaje de culantrillos y helechos, y abundaban en el lugar robustas plantas de guavirá cuyos carnosos frutos rojos, de dulcísimo sabor, deleitaba por igual a niños y adultos. El agua que, vigorosa salía del fantástico manantial buscaba el arroyo cercano, avanzando suavemente pero sin pausas, mimada por la exuberante vegetación que la guardaba.

Los contados niños que moraban el lugar se daban refrescantes chapuzones en el Ybú (manantial) en los días caniculares; en las tórridas horas de la siesta se dedicaban a cazar pajarillos, pequeños reptiles y otros tantos menudos roedores silvestres como el apere’a (cui) que eran las victimas más frecuentes de la aguzada puntería; piedras, flexibles y resistentes ramas recién cortadas, o rusticas honditas lanzadoras de bodoques y coco lampiñado, constituían el primitivo arsenal de estos chicuelos. Los niños hacían su colección de presas, las ataban con hojas de mbocayá (cocotero), las cargaban en horcajadas sobre sus hombros y volvían a sus ranchos con ganas de saborear, con los suyos, un suculento asado que despedía un apetitoso aroma cuando eran asadas sobre las brasas, atravesadas pon un palo.

Hablar del Pozo de la Virgen es hablar del antiguo Ycuá Rivas, que paulatinamente fue convirtiéndose en famoso centro de atracción para creyentes y no creyentes ya en los años de la Guerra Grande, gracias a hechos y comentarios de ropaje milagroso acaecidos en el y su entorno; la creencia popular desparramaba fervorosamente esos comentarios a lo largo y ancho de la geografía nacional. El relato de los hechos cautivaba la imaginación y la esperanza de un pueblo, diezmado y desesperanzado, y profundamente afectado en cuerpo y alma por aquella guerra cruel, antes referida.

El pozo se fue haciendo famoso “paulatinamente”, porque antes, ya existía otro y sigue existiendo hasta hoy con el mismo nombre. Para que se entienda mejor, transcribimos un texto aparecido al dorso de una estampita en cartulina editada por la Parroquia de Caacupé en el año 1942, que dice así: “Era el año 1603. El Pozo de Tapaicuá se desborda. Fray Bolaños conjura sus aguas embravecidas…. Ypacaraí se llama desde entonces. Sobre sus olas flota una virgencita tallada en madera. Bolaños se la da en premio a su arrojo, al Indio José.

Ese, con su mujer y un hijo vive después en un rincón del valle de Caacupé. La virgencita les acompaña y cobra allí fama de milagrosa: hoy todo el pueblo paraguayo la invoca y la venera y es nuestra Señora de los Milagros de Caacupé. José y los suyos murieron. El rincón que guarda sus restos se llama hoy día Caacupé-mi. Y el pocito donde ellos y los primeros devotos de la virgencita salvada de las aguas apagaban su sed, conservo a través de los siglos su mágico nombre de Pozo de la Virgen. Sobre este pocito, la posteridad agradecida a la Madre de Dios, levanto este monumento, para decir al viajero: aquí, desde la choza de un indiecito de alma candorosa, empezó a bendecirnos la Virgen de Caacupé. Caacupé, Mayo 1º de 1942”.

Este documento se publico con motivo de la fiesta patronal anual que se celebraba en el lugar y fue en el año 1942. Corresponde al Curato o ejercicio sacerdotal del ilustre e inolvidable Pbro. Juan Ayala Solís. La entronización de la Inmaculada, la hizo con anterioridad el sacerdote Mariano Celso Pedrozo Cura Párroco entre los años 1933 y 1937, quien impulso la construcción del oratorio sobre el manantial. En Caacupé-mi compañía del distrito serrano, al sur del actual santuario a una distancia menor de una legua, la fiesta patronal es celebrada puntualmente cada 1º de mayo hasta hoy.

Y el pozo del cual pasamos a hablar con amplitud y en detalles, que con el correr de los años extendió su nombre a un barrio entero, tímidamente empezó a ser conocido durante el Gobierno de don Carlos Antonio López, cuando el culto a la Virgen de Caacupé ya se había apoderado en forma poco menos que prodigiosa de toda la Republica del Paraguay; las vetas cristalinas que eran el preludio de un agua milagrosa gano notoriedad popular al inicio de la Guerra contra la Triple Alianza, siendo párrocos del pueblo en esos años los presbíteros Juan Nepomuceno Arza y Juan Galiano.

En el lustro comprendido entre 1865 y 1870 el pueblo había quedado casi desierto, pero los niños disfrutaban a sus anchas del manantial, y según refieren, en ocasiones se sentían acompañados desde cierta distancia por una mujer muy hermosa, rubia y resplandeciente, que parecía no pisar el agua pero que usaba el cristalino Ybú para refrescarse y mojar su reluciente cabellera. La mujer no hablaba, pero cuando los niños se acercaban para verla de cerca, con una tierna y maternal sonrisa les aconsejaba que quieran a Dios, que lo respeten, que vayan siempre a la iglesia a agradecerle con rezos y canticos, porque para salvarnos el envió a su hijo, el que entrego su vida por nosotros.

Estos niños contaban sus experiencias a los mayores que la tomaban con incredulidad, mas aun cuando las veces que iban para gozar de aquella presencia nunca pudieron constarla. Seguramente la bellísima aparición era percibida solamente por los preferidos de Cristo que son los niños.

Pero alguien dijo que no era necesario ver para creer, convenciendo de ello a familiares y vecinos; doña Carlota Ozuna Aponte fue esa persona, devota de la Inmaculada Concepción, llegada a este lar antes de finalizar la Guerra Grande Acompañada de la parentela. La ex sargenta de López oriunda de Villa del Rosario, contaba que ella y muchos otros avanzaron hacia el centro del país azuzados por las tropas brasileñas que eles pisaban los talones; ella ocupó una amplia lomada que le cediera el antiguo poblador de esta comarca don Vicente Núñez, en la cual estaba la fuente de cristalinas aguas “elegida por María”, aseguraba doña Carlota.

Fue así que el pocito comenzó a ser “De la Virgen”, y de manera a evitar que los niños chapotearan en él, la matrona hizo poner como vallas de contención, unas piedras a su alrededor. Con el tiempo, hizo levantar una humilde bóveda para que el agua esté totalmente libre de ser ensuciada ene su naciente. La bóveda tenia forma del tatacuá (horno autóctono) hecho con ladrillo y argamasa. En la parte frontal fue colocado un rústico caño hecho de de frágil metal para la salida del agua. La cripta sufrió diversas reparaciones y remodelaciones durante el transcurso del tiempo, según la gravedad del deterioro.

Conviene señalar que a esas alturas nadie dudaba de que la mujer que iba a solazarse en la fuente, era idéntica a la imagen que está en la iglesia.

Las apariciones también eran comentadas a los párrocos que acudían al lugar tentados por el relato de los niños: “Es la imagen que está allá en la iglesia”, decían; pero la gente mayor nunca la pudo comprobar.

Desde aquel entonces el sitio de visita obligado para el peregrinante que llega junto a la Madre Común es el Pozo de la Virgen, para llevar el agua bendita como símbolo de purificación y fuente de vida. Los feligreses creyentes aseguran que les produce alivio sicológico, espiritual y muchas veces físico.

En 1884 al establecerse el municipio de Caacupé durante el gobierno del General Bernardino Caballero, sus primeras autoridades emprendieron la gran tarea de organizar el pueblo. Entre esas autoridades, estuvieron el Presidente Municipal den Manuel Gómez, el Cura Párroco Pbro. Juan Galiano y el juez de Paz don Policarpo Rolón. La Corporación municipal procedió a la primera delineación del pueblo. El solar de la famosa naciente, pasó a pertenecer legalmente a doña Carlota Ozuna junto a su madre doña Carmen y su abuela doña Vicencia, expertas en la elaboración de licores y en el arte de cocinar, razón que les facilitó, en ocasiones, estar cerca de Francisco Solano López y Elisa Alicia Lynch.

Al morir doña Carlota, compartieron la propiedad sus hijos, Bernardino, Pedro, Pablo, Marcial, y Eduarda, que la pasaron luego a sus descendientes. Actualmente pertenece, con sus dimensiones ya muy reducidas, a la Diócesis de Caacupé, que la adquirió de la señora Evangelista Ozuna de Larán siendo Obispo el Monseñor Demetrio Aquino. En ese tiempo frente al pozo fue construida una pequeña réplica del primer templo erigido en honor de la Virgencita Milagrosa, y que fuera derruido en 1980 para dar paso a la construcción de un nuevo santuario.

En actas de la Comuna local, el Pozo de la Virgen es mencionado por primera vez en setiembre de 1900, y en noviembre del año siguiente se hace referencia del cercado que se hará al mismo encomendándose el trabajo al señor Aquino; siendo presidente de la Corporación Municipal el Pbro. José Tomás Aveiro en el año 1906, se concretan los siguientes trabajos; en marzo, loa Munícipes autorizan al Presidente levantar un croquis del pozo con el fin de refaccionarlo, puntualizándose que el material a ser utilizados será el hierro. En mayo, se resolvió la contratación del señor Francisco Machado, acreditado herrero. Para el trabajo del Pozo de la Virgen con una paga de 600 pesos fuertes de la moneda nacional; y en noviembre, el periódico “EL Diario” de Asunción, publicaba que “la Municipalidad de Caacupé ha hecho colocar un hermoso enrejado sobre el muy frecuentado Pozo de la Virgen, presentando ahora un buen aspecto”.

Del lugar siempre se ocuparon los vecinos y las autoridades, que se encargaban de limpiarlo y conservarlo; un ejemplo de ello se destaca en noviembre de 1929, cuando los munícipes resolvieron construir una bóveda cerrada sobre el pozo, con desagüe por medio de tres caños de hierro galvanizado. Como premio a esa dedicación, el venerable Mons. Aníbal Mena Porta entonces Obispo Coadjutor de Asunción, bendijo el sitio en el año 1983 con la presencia de una multitudinaria y fervorosa feligresía.

En setiembre de 1957, oportunidad en que se realizaban reparaciones en el Pozo de la Virgen, los ediles de la época resolvieron “edificar una obra perdurable tanto por su construcción como por su novedad y belleza, para justificar ante propios y extraños la preocupación de la Junta Municipal por el adelanto del pueblo”. Se puso énfasis en que “será una de las obras más estupendas de las realizadas hasta la fecha, teniendo en cuenta la importancia de una fuente que es de todos los caacupeños, siendo además centro de atracción de turistas y peregrinantes”. Era presidente municipal el señor Sixto Quiñónez, y miembros los concejales Julio Andrés Da Costa, Sebastián Raidán, Domicio Cabrera, Eusebio Agüero, Simplicio Benítez, Agapito Acosta, Próxedo Rodríguez y Antonio Quiñónez.

Los trabajos fueron encargados al concejal Eusebio Agüero que con sus hermanos José Lázaro, Epifanio y Gaspar Mauro Agüero Martínez, prepararon el proyecto y los planos que ellos mismos lo pusieron en práctica luego de su aprobación por la Junta Municipal.

TUPÃSY YKUA

Quien viene a Caacupé, tiene que lleva el agua del pozo de la Virgen. El templo es la réplica de la antigua Iglesia – Tupaõ Tuja. El peregrino que llega a Caacupé junto a la Madre, irresistiblemente va al pozo para completar su promesa. Dentro se encuentra el altar y algunos retablos que reviven el pasado.

Frente a la Iglesia, se encuentra la tumba de Mons. Isaac González (18-X-1992). Y a un costado el Pozo de la Virgen (TUPÃSY YKUA) que últimamente dejó de ser potable, por las contaminaciones de diversas indole, a causa de la napa superficial. Se procedió ala excavación de un pozo profundo (94 mts) al lado del actual, con ayuda del Ministerio de Salud (SENASA), para evitar la contaminación y así brindar un servicio seguro de agua pura para los peregrinos.

Se pretende desarrollar en el sitio una Pastoral del agua, con oración, cita bíblica y algunas indicaciones prácticas. Además, está en proyecto la ampliación del expendio de agua multiplicando los grifos, para mayor comodidad de los fieles.

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